Famosa serie ‘Star Trek’ cumple 60 años

Hace 60 años la nave USS Enterprise comenzaba su viaje espacial en la cadena estadounidense NBC. La tripulación formada por el capitán Kirk, Spock, McCoy, Sulu, Chekov y Uhura dejaron para el recuerdo sus memorables aventuras galácticas, sus llamativos uniformes y el popular «saludo vulcano», que se realiza con la palma abierta, los dedos juntos y separando los dedos medio y anular formando una «V».

El 8 de septiembre de 1966, se emitió The Man Trap, primer episodio televisado de una nueva serie de ciencia ficción creada por Gene Roddenberry y producida por la comediante Lucille Ball. Había una nave llamada USS Enterprise, un capitán llamado James T. Kirk, un extraterrestre de orejas puntiagudas llamado Spock y una misión que parecía destinada a durar cinco años: explorar nuevos mundos, buscar nuevas formas de vida y nuevas civilizaciones y llegar audazmente hasta donde nadie había llegado antes.

La misión original duró bastante menos. Star Trek fue cancelada en 1969 después de tres temporadas. El viaje, en cambio, apenas comenzaba. Sesenta años después, aquel programa que tuvo que luchar por permanecer al aire se ha multiplicado en series televisivas, animación, largometrajes, novelas, cómics, videojuegos, convenciones, juguetes y generaciones de seguidores. Su vocabulario penetró la cultura popular: warp, phaser, Klingon, Vulcano, Federación, “Beam me up, Scotty”, aunque Kirk nunca pronunciara exactamente esa frase. El saludo vulcano escapó de la pantalla y se convirtió en un gesto reconocible incluso para personas que jamás han visto un episodio.

Star Trek apareció en medio de una década marcada por Vietnam, la Guerra Fría, la carrera espacial, la amenaza nuclear y la lucha por los derechos civiles. Mientras Estados Unidos y la Unión Soviética perfeccionaban maneras de destruirse mutuamente, Roddenberry imaginaba una nave en cuyo puente podían trabajar juntos un estadounidense, un ruso, un japonés, una mujer negra y un extraterrestre. Más que una coincidencia de casting, era una declaración.

La Enterprise funcionaba como una pequeña maqueta del futuro. En ella, las diferencias culturales no habían desaparecido: habían dejado de constituir una condena. La humanidad había sobrevivido a guerras, prejuicios y pulsiones autodestructivas y, en lugar de conquistar otros pueblos, dedicaba sus recursos a conocerlos. El progreso tecnológico solo tenía sentido cuando estaba acompañado por una evolución moral.

Spock era particularmente importante para esa idea. Mitad humano y mitad vulcano, vivía atrapado entre emoción y lógica, pertenencia y extranjería. Leonard Nimoy convirtió esa contradicción en uno de los personajes fundamentales de la ciencia ficción. Spock era el alienígena que, observándonos desde afuera, terminaba revelándonos lo que significaba ser humano.

Y Uhura ofrecía una revolución mucho menos fantástica pero quizás más importante. Nichelle Nichols interpretaba a una mujer negra sentada en el puente de una nave estelar, no como sirvienta ni personaje ornamental, sino como oficial responsable de las comunicaciones. Su sola presencia cuestionaba los límites que la televisión estadounidense todavía imponía a las mujeres afroamericanas. La nave viajaba hacia el siglo XXIII, pero hablaba inevitablemente de 1966. Esa sería desde entonces la gran estrategia de Viaje a las estrellas: utilizar extraterrestres para hablar de nosotros.

Pero reducir la permanencia de Viaje a las estrellas a la longevidad de una propiedad intelectual sería confundir el tamaño de la nave con la razón del viaje. Roddenberry creó algo mucho más extraño que una serie sobre aventuras espaciales: imaginó que el futuro podía ser mejor.

La cancelación pudo haber sido el final. Paradójicamente, fue el comienzo de la leyenda. Las reposiciones permitieron que nuevos espectadores descubrieran la serie y que alrededor de ella apareciera una comunidad cada vez más organizada. Antes de que Hollywood comprendiera completamente el concepto moderno de fandom, los seguidores de Star Trek ya intercambiaban publicaciones, escribían historias, discutían minuciosamente la continuidad y se reunían en convenciones. Habían nacido los Trekkies (o Trekkers, denominación preferida por algunos seguidores).

Su importancia resulta difícil de exagerar. El fandom no se limitó a consumir Viaje a las estrellas: ayudó a mantenerla viva. Convirtió una serie cancelada en una cultura compartida. Incluso el primer orbitador del programa estadounidense del transbordador espacial fue bautizado Enterprise después de una campaña de seguidores, un delicioso caso en el que una nave imaginaria terminó prestándole su nombre a una verdadera.

Star Trek también participó en el desarrollo de prácticas que hoy consideramos normales dentro de las culturas de fans: convenciones, cosplay, debates sobre canon y fan fiction. Décadas antes de que las redes sociales transformaran cada estreno en una conversación permanente, los Trekkies ya habían construido una comunidad alrededor de la necesidad de prolongar una historia más allá de la pantalla. El propio sitio oficial de la franquicia reconoce esa extraordinaria relación entre generaciones de programas y generaciones de seguidores. La serie había muerto en televisión, pero sus espectadores se negaron a aceptar el certificado de defunción.

La primera resurrección de Star Trek no ocurrió con actores de carne y hueso, sino mediante dibujos animados. Star Trek: The Animated Series, emitida entre 1973 y 1974, recuperó a buena parte del elenco original prestando sus voces a Kirk, Spock, McCoy y compañía y aprovechó la libertad de la animación para imaginar criaturas, planetas y situaciones que los presupuestos televisivos de los sesenta difícilmente habrían permitido. Lejos de ser una simple curiosidad infantil, amplió la mitología y mantuvo a la Enterprise navegando durante los años que separaron la cancelación de la serie original de su llegada al cine.

Los cómics cumplieron una función semejante y todavía más prolongada. Desde las primeras historietas publicadas por Gold Key a finales de los sesenta, pasando por etapas de Marvel, DC, Malibu e IDW, Viaje a las estrellas encontró en las viñetas un universo paralelo donde el presupuesto dejó definitivamente de existir. Allí podían regresar personajes, prolongarse misiones, cruzarse tripulaciones separadas por siglos y explorar rincones del canon que la televisión y el cine nunca tuvieron tiempo de visitar. Si la pantalla convirtió a Star Trek en fenómeno, la animación y los cómics demostraron muy pronto algo esencial para explicar sus sesenta años: La Enterprise podía cambiar de formato sin perder el rumbo.

El éxito de Star Wars en 1977 terminó de demostrar que existía un enorme público para la ciencia ficción cinematográfica, y en 1979 Kirk, Spock, McCoy y compañía llegaron finalmente a la gran pantalla con Star Trek: The Motion Picture, dirigida por Robert Wise, el editor de Citizen Kane y el director de los clásicos The Sound Of Music, The Day The Earth Stood Still y The Haunting.

No fue el capítulo más ágil de la saga, pero convirtió el regreso de la Enterprise en acontecimiento cinematográfico. Tres años después apareció la película que establecería el modelo emocional de buena parte de lo que vendría: Star Trek II: The Wrath Of Khan (1982) de Nicholas Meyer, la mejor de la saga cinematográfica.

Le seguirían The Search for Spock (1984), la entrañable The Voyage Home (1986), The Final Frontier (1989) y The Undiscovered Country (1991). Esta última convirtió el final de la Guerra Fría en una alegoría sobre la dificultad de abandonar al enemigo que durante décadas había permitido definir nuestra propia identidad.

Cuando llegó el momento de que la siguiente generación heredara también los cines, Generations (1994) hizo literalmente el relevo entre Kirk y Jean-Luc Picard. Después llegaron First Contact (1996), Insurrection (1998) y Nemesis (2002).

La franquicia volvería a reinventarse cinematográficamente en 2009. J.J. Abrams utilizó una alteración temporal para construir una nueva continuidad (la llamada línea Kelvin) sin borrar la anterior. Chris Pine fue Kirk, Karl Urban fue el Dr. McCoy, Zoe Saldaña encarnó a Uhura, Zachary Quinto asumió a Spock y Leonard Nimoy funcionó como puente entre ambos universos. Star Trek Into Darkness (2013) y Star Trek Beyond (2016) completaron esa trilogía.

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