Tras el evento registrado en Las Condes, Cristóbal Ramírez de Arellano, director de Geología de la Universidad Andrés Bello y presidente de la Sociedad Geológica de Chile, explica que estos fenómenos forman parte de la dinámica natural de la cordillera y destaca la necesidad de avanzar en infraestructura preventiva y políticas públicas basadas en evidencia científica.
El aluvión que afectó este jueves a la comuna de Las Condes, en la Región Metropolitana, reabrió el debate sobre la preparación de las ciudades frente a este tipo de eventos. Para Cristóbal Ramírez de Arellano, director de Geología de la Universidad Andrés Bello (UNAB) y presidente de la Sociedad Geológica de Chile, se trata de fenómenos naturales recurrentes asociados a la evolución de la cordillera, que continuarán ocurriendo en el futuro.
Según explica el especialista, los aluviones son parte de los procesos de erosión que han modelado durante millones de años el relieve de la zona central de Chile. De hecho, gran parte de los depósitos sedimentarios ubicados al pie de la cordillera son evidencia de eventos similares ocurridos en el pasado.
“Los aluviones son procesos que normalmente ocurren, han ocurrido y van a seguir ocurriendo a los pies de la cordillera; tienen que ver con la erosión de las montañas. Si no hubiera erosión, tendríamos una pared vertical de roca de tres mil metros de altura al este de Santiago”, afirma Ramírez de Arellano.
“Todo ese volumen de roca que no está -agrega- ha sido removido por procesos como el aluvión de Las Condes de esta semana o el aluvión de la Quebrada de Macul en 1993. Son miles de kilómetros cúbicos de roca, mucho más de lo que han extraído todas las minas de Chile, pero por procesos naturales en el transcurso de cientos de miles y millones de años, conjugándose factores geológicos, climáticos y las intervenciones que los humanos hemos hecho en la superficie”.
Huella histórica de estos fenómenos
El académico UNAB afirma que “esto lo sabemos bien desde la geología, porque los depósitos sedimentarios que están a los pies de las montañas son depósitos aluviales, es decir, que se formaron por aluviones, probablemente muchos de ellos similares al ocurrido en Las Condes, otros, incluso más grandes”.
En ese sentido, explica que, “cuando caminamos por los senderos cordilleranos y vemos bloque de roca de varios metros de diámetro, entendemos que también, en su tiempo, fueron movilizados por aluviones. Lo sabemos también por la forma de los cerros y sus quebradas. No es extraño que estos flujos de barro se abran paso por las calles, porque esas mismas calles en otro momento fueron los flujos de agua, la continuación de las quebradas”.
Desde el punto de vista meteorológico, el especialista detalla que los aluviones suelen estar asociados a lluvias intensas en periodos breves y a temperaturas más elevadas que las habituales para la temporada.
“Con las altas temperaturas, cae lluvia donde normalmente nieva y se encuentran acumulados los sedimentos. La nieve cae, se asienta por varias semanas o meses y se derrite lentamente; esto permite que se acumulen los sedimentos (la tierra, las arcillas)”, sostiene.
Precisa, además, que fenómenos climáticos como El Niño favorecen la ocurrencia de precipitaciones fuera de temporada, mientras que factores como la sequía prolongada o los incendios forestales pueden aumentar la vulnerabilidad del territorio.
“Sabemos que este tipo de eventos seguirán ocurriendo y que nuestras ciudades deben estar preparadas para eventos como este o incluso más grandes”, advierte.
Una mejor planificación territorial para la prevención
Para el director de Geología UNAB, se requiere una planificación territorial más adecuada que permita hacer frente a estos episodios. “Para un desarrollo sostenible y seguro debemos preparar nuestras ciudades para eventos como el de Las Condes. No basta con las medidas de emergencia, incluso no basta con monitorear las quebradas; deben construirse estructuras de prevención, como las piscinas decantadoras y las vías aluviales, reconociendo los cursos de agua dentro de las ciudades. No solo en la Quebrada de Macul y en San Carlos de Apoquindo, sino que en todas las quebradas”.
Asimismo, considera que “debe existir una política pública que se fundamente en el conocimiento, que permita una prevención real ante los peligros geológicos y meteorológicos, con servicios públicos técnicos robustos que tengan la capacidad de hacer los estudios necesarios y que sus informes sean vinculantes para las decisiones de las autoridades”.
Y concluye: “en un país como Chile, con una cordillera que lo recorre de Sur a Norte, en un contexto geológico, al cual también se deben las riquezas del país, donde ocurren y seguirán ocurriendo eventos como el de Las Condes, debe existir una política de largo plazo que permita estar preparado para estos eventos. Debemos seguir preparando científicos y profesionales que colaboren interdisciplinariamente y den valor al conocimiento, para hacer que nuestras ciudades se vuelvan más resilientes, para un desarrollo sostenible, justo y armonioso para el contexto geológico en el que nos encontramos”.